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Colombia no puede construir el empleo del futuro mirando al pasado

  • 25 jun
  • 3 min de lectura

El mundo del trabajo está cambiando a una velocidad sin precedentes. La inteligencia artificial, la automatización, los modelos híbridos, la economía digital y los servicios globales están transformando las habilidades, los empleos y las oportunidades que definirán la próxima década.


Por eso, la discusión de fondo que debería ocuparnos como país es cómo preparar a Colombia para el trabajo del futuro.

Ese es el verdadero desafío.


Colombia no puede darse el lujo de diseñar su agenda laboral mirando únicamente al pasado. Mientras el mundo avanza hacia nuevas formas de empleo, productividad e innovación, más de la mitad de los trabajadores colombianos continúa en la informalidad. Según cifras del DANE, más del 55 % de las personas ocupadas en el país no cuenta con acceso pleno a estabilidad, seguridad social ni oportunidades reales de movilidad económica.


La informalidad sigue siendo una de las mayores barreras para construir equidad, productividad y crecimiento sostenible. No habrá inclusión social sostenible si Colombia no logra generar más empleo formal.


Esta conversación exige mirar más allá de la coyuntura. Implica entender qué sectores tienen la capacidad de atraer inversión, fortalecer la libre empresa, formar talento, descentralizar oportunidades y conectar a millones de colombianos con las nuevas dinámicas de la economía global.


La industria BPO, representada por BPrO, miembro de Aliadas, es un ejemplo claro de esa transición. Hoy aporta cerca del 3,3 % del PIB nacional y genera aproximadamente 790.000 empleos formales, consolidándose como uno de los principales motores de inclusión laboral, desarrollo de talento y competitividad del país.


Pero el verdadero valor del empleo formal no se mide únicamente en cifras.

Se mide en los jóvenes que encuentran allí su primera oportunidad laboral. En las mujeres que alcanzan independencia económica. En las madres cabeza de hogar que construyen estabilidad para sus familias. En los estudiantes que pueden financiar su educación mientras adquieren experiencia y desarrollan habilidades para competir en una economía global.


No es casualidad que el 63 % de los colaboradores del sector tenga entre 18 y 29 años. Tampoco lo es que el 59 % de la fuerza laboral esté conformada por mujeres, ni que cerca de una cuarta parte corresponda a madres cabeza de hogar. Además, el 43 % de los trabajadores combina su empleo con estudios de educación superior, demostrando que el trabajo formal también puede ser una plataforma de formación, crecimiento y movilidad social.


Hoy Colombia compite con otros países por atraer centros de servicios globales, operaciones tecnológicas, proyectos intensivos en conocimiento e inversiones basadas en talento. En ese escenario, la competitividad ya no depende únicamente de la infraestructura o de los costos. Depende, sobre todo, de la capacidad de formar talento, adaptarse a la transformación tecnológica y construir condiciones que generen confianza para invertir y crear empleo formal.

La pregunta, entonces, no es si Colombia debe avanzar hacia mejores condiciones laborales. Por supuesto que debe hacerlo. La verdadera pregunta es cómo logramos combinar bienestar, productividad, innovación y formalización en una economía que evoluciona rápidamente.


Porque el empleo del futuro será muy distinto al que conocimos durante décadas.

La inteligencia artificial redefinirá tareas, acelerará procesos y transformará industrias enteras. Algunos empleos desaparecerán, pero también surgirán nuevas oportunidades para quienes cuenten con habilidades digitales, pensamiento analítico, capacidad de adaptación y competencias humanas que la tecnología no reemplaza: empatía, creatividad, criterio, liderazgo y comunicación.

El mayor riesgo no es la tecnología.


El verdadero riesgo es que Colombia llegue tarde a esa transformación.

Que no formemos a tiempo el talento que demandará la nueva economía. Que no generemos suficientes oportunidades formales para los jóvenes. Que sigamos atrapados en conversaciones del pasado mientras el mundo redefine el trabajo del futuro.


Las economías que hoy lideran el crecimiento entendieron algo fundamental: el bienestar de los trabajadores y la competitividad no son objetivos opuestos. Son condiciones complementarias para generar desarrollo sostenible, proteger la propiedad privada y promover la inversión. 


Colombia todavía tiene una enorme ventaja: talento joven, capacidad de adaptación y sectores con potencial para competir globalmente desde distintas regiones del país. Pero aprovechar esa oportunidad exige visión de largo plazo, diálogo técnico y decisiones que impulsen la formalización, la productividad y la formación de talento.


El país necesita una conversación laboral más amplia, más moderna y más estratégica. Una conversación que entienda que el empleo formal, la innovación, la competitividad y el bienestar son parte de una misma agenda de desarrollo.

Porque el futuro del trabajo ya empezó.


Y las decisiones que tomemos hoy definirán si Colombia se convierte en una economía de oportunidades o en un país que llegó tarde al futuro.


Ana Karina Quessep

Presidenta Ejecutiva de BPrO

Miembro de Aliadas - Alianza de Asociaciones y Gremios


 
 
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